El traje nuevo del emperador

¿Y si hubiera alguien que delatara la desnudez de este reino?

No aquí no pasa, ¿verdad?

“Mejor Imposible”: el éxito es un hombre que gana mucho en un trabajo haciendo novelas de amor, toca el corazón con sus palabras, y sin embargo, sus relaciones son mediadas por plásticos protectores o desgarradoras palabras.

Decir te quiero, seguir queriendo, confiar…, esperar…, escuchar más allá de las protecciones y barreras.

Dos personas maduritas,  vuelven al amor.

Teresa 20 años, Agustín, ya ha recorrido diversos caminos, su corazón es inquieto, no descansa.

Otros se aburren, no encuentran nada nuevo, después de cenas, teatros, viajes, juegos, bailes, escapadas extremas para inyectar adrenalina y endorfinas…, llega un momento en que, o la relación entra más adentro, o se ve el marchitar de aquella flor, aunque se diga lo contrario.

Las flores marchitan.

Llega un momento,  cuando la rosa del amor decae y ya no exhala aquel perfume.

¿dónde has visto rosas en continuo esplendor? Sin embargo, tratamos de mantenerla eterna.

En ello, hay quien busca una nueva juventud, y cambia una flor por otra.

¿Y la raíz?

La flor marchita, y cuando esto pasa, ¿qué sobre sus raíces?

Se puede cambiar la flor, pero el perfume de una rosa, su esencia, conecta con su raíz.

Cuando buscamos algo novedoso, ¿qué buscamos?

¿Abandonar la Rosa por otros perfumes?

¿Cuál es la esencia?

Aquello esencial, invisible a muchos ojos.

¿Quien volverá a su Rosa?, ¿a aquella hermosura tan antigua y tan nueva?, quíén revitaliza  amado y amada?

Ojo, no caigamos en la trampa, no es la misma flor. Si buscas la flor, se marchitó.

Ojo, otra trampa, la flor huele, ¿dónde radica su aroma?, ¿en la flor?

Hay quien se enamora de una flor, hay quien se enamora de una planta, hay que va a la esencia, tocado de raíz,  la hace suya.

Traspasado el corazón, envuelto su rostro y hermosura, todo aquello, aunque llague, llama lleva, amor que abrasa, hermosura tan antigua y tan nueva, vigor que acrisola , convierte, vierte y revierte la vida.

El amor ha residido siempre ahí, pusieron otro, con un traje de tercipelo apetalado que se va al caer al final del verano.

Acostumbrados a cambiar, queremos algo especial, que nos trasforme desde el look que se ve y se va.

El gato se viste de León, y el elefante asustado de su fuerza se cuela en un sombrero, del cual no sale.

Engañado, vestido de apariencia, la realidad es desnuda, pero la intemperie asusta, es preferible taparla.

Estamos desnudos, así vinimos, así nos vamos, solo que contagiados con el temor a no ser ,nos vestimos por fuera, como los lirios del campo, de pétalos, de colores, de sensaciones nuevas, de modas y mil modos,… Y, el cobre de las hojas a finales de agosto, ¿quién lo advierte?

Quien ve esa desnudez, se la juega.

Pobre de quien la descubra.

Ya sea, reino, república, anarquía, pobre.

Quien señale el hilo de esas vidas y muestre la inconsistencia de sus ropajes, peligra su todo, aunque no sepan que a la desnudez nada a se le puede quitar.

El traje nuevo del emperador

El traje nuevo del emperador Había una vez un emperador al que le encantaban los trajes. Destinaba toda su fortuna a comprar y comprar trajes de todo tipo de telas y colores. Tanto que a veces llegaba a desatender a su reino, pero no lo podía evitar, le encantaba verse vestido con un traje nuevo y vistoso a todas horas. Un día llegaron al reino unos impostores que se hacían pasar por tejedores y se presentaron delante del emperador diciendo que eran capaces de tejer la tela más extraordinaria del mundo.

– ¿La tela más extraordinaria del mundo? ¿Y qué tiene esa tela de especial?

– Así es majestad. Es especial porque se vuelve invisible a ojos de los necios y de quienes no merecen su cargo.

– Interesante… ¡entonces hacedme un traje con esa tela, rápido! Os pagaré lo que me pidáis.

Así que los tejedores se pusieron manos a la obra.

Pasado un tiempo el emperador tenía curiosidad por saber cómo iba su traje pero tenía miedo de ir y no ser capaz de verlo, por lo que prefirió mandar a uno de sus ministros. Cuando el hombre llegó al telar se dio cuenta de que no había nada y que lo que los tejedores eran en realidad unos farsantes pero le dio tanto miedo decirlo y que todo el reino pensara que era estúpido o que no merecía su cargo, que permaneció callado y fingió ver la tela.

– ¡Qué tela más maravillosa! ¡Que colores! ¡Y qué bordados! Iré corriendo a contarle al emperador que su traje marcha estupendamente.

Los tejedores siguieron trabajando en el telar vacío y pidieron al emperador más oro para continuar. El emperador se lo dio sin reparos y al cabo de unos días mandó a otro de sus hombres a comprobar cómo iba el trabajo.

Cuando llegó le ocurrió como al primero, que no vio nada, pero pensó que si lo decía todo el mundo se reiría de él y el emperador lo destituiría de su cargo por no merecerlo así que elogió la tela.

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